ASERTIVIDAD
Como estrategia y estilo de comunicación, la asertividad se
sitúa en un punto intermedio entre otras dos conductas polares: la pasividad
que consiste en permitir que terceros decidan por nosotros, o pasen por alto
nuestras ideas, por otro lado tenemos la agresividad que se presenta cuando no
somos capaces de ser objetivos y respetar las ideas de los demás. Suele
definirse como un comportamiento comunicacional en el cual la persona no agrede
ni se somete a la voluntad de otras personas, sino que manifiesta sus
convicciones y defiende sus derechos. Es también una forma de expresión
consciente, congruente, directa y equilibrada, cuya finalidad es comunicar
nuestras ideas y sentimientos o defender nuestros legítimos derechos sin la
intención de herir o perjudicar, actuando desde un estado interior de
autoconfianza, en lugar de la emocionalidad limitante típica de la ansiedad, la
culpa o la rabia. Contar con un criterio propio dentro de la sociedad es
indispensable para comunicarnos de una mejor manera
El término Asertividad no forma parte del diccionario de la
Real Academia Española (RAE), sin embargo, aparece el adjetivo “asertivo” como
sinónimo de afirmativo. La palabra asertivo, de aserto, proviene del latín asertos
y quiere decir 'afirmación de la certeza de una cosa'; de ahí puede deducirse
que una persona asertiva es aquella que afirma con certeza. La asertividad es
un modelo de relación interpersonal que consiste en conocer los propios
derechos y defenderlos, respetando a los demás; tiene como premisa fundamental
que toda persona posee derechos básicos o derechos asertivos. En la década de
1940 Andrew Saltar definió la asertividad como un rasgo de personalidad y pensó
que algunas personas la poseían y otras no. La definieron como “la expresión de
los derechos y sentimientos personales”, y hallaron que casi todo el mundo
podía ser asertivo en algunas situaciones y absolutamente ineficaz en otras,
también se descubrió que la Asertividad tiene que ver con el grado de madurez
de cada individuo; así como de los factores emocionales e intrínsecos de la
personalidad, las personas cuya autoestima es elevada tienden a desarrollar un
mayor grado de asertividad. Las diferencias entre las personas asertivas y las
que no desarrollan ésta habilidad radica en la falta de carácter, así como de
ideologías, falta de confianza en sus habilidades o bien, que carezca de
objetivos claros al comunicarse.
Por lo tanto la conducta asertiva se puede entrenar y de
esta manera aumentar el número de situaciones en las que vamos a tener una
respuesta asertiva y disminuir al máximo las respuestas que nos provoquen
decaimiento u hostilidad.1
Varios autores sostienen que la asertividad tiene una
relación directa con la autoestima. Las personas que no se consideran valiosas
habitualmente optan por no defender sus derechos de forma activa, lo que crea
un círculo vicioso al volver a minar su autoestima cuando sus derechos no son
respetados.
En este caso se puede dar una respuesta distinta según el
impulsor interno: agresividad cuando el foco de atención está excesivamente
puesto en las necesidades de uno mismo y sumisión cuando se desea complacer a
los demás.
Otros motivos del déficit de asertividad serían la
influencia de ciertos estereotipos sociales y laborales. En algunas culturas u
organizaciones muy jerarquizadas se establece la sumisión como la conducta
aceptada en determinados roles y géneros.
El estado emocional también influye en la respuesta que se
pueda dar en un momento concreto. Una alta carga de estrés puede provocar una
conducta excesivamente agresiva o pasiva, generando en ocasiones mayor ansiedad
debido al rechazo que la propia respuesta provoca en los demás.
Hasta el momento no se ha hallado una causa innata
relacionada con la asertividad, si bien hay ciertos factores genéticos que
podrían jugar un papel en el desarrollo de la timidez y, en consecuencia, el
déficit de asertividad.
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